El Centro Cultural América Libre y la lucha por la vivienda

“Caminante no hay camino. Se hace camino al andar”


Hace ya tres años que dimos vida a este Centro Cultural. Desde entonces que sembramos nuevos valores en la búsqueda de la ansiada libertad. Estamos construyendo otra formar de pensar y sentir la cultura a medida que dialogamos, soñamos, criticamos, cuestionamos, proponemos y hacemos. Fuimos poniendo ladrillo sobre ladrillo, pintando cuadros, murales y paredes. Después de una larga búsqueda, vimos que necesitamos también llevar a la práctica otra forma de enseñar y de aprender y creamos así el Bachillerato Popular América Libre. Seguimos jugando y actuando. Seguimos bailando tango y chacareras con el pueblo, seguimos proyectando y mirando otro cine. Pensamos en mejores formas de comunicar y aparecieron los noticieros populares y nos acercamos más, mucho más a la radio comunitaria de la Azotea. Continuamos malabareando y creando ritmos con tambores de todo tipo. Escribimos y diseñamos más afiches, trípticos y fansines. Leímos, ordenamos y clasificamos otros libros de nuestra Biblioteca Popular Paulo Freire. Creamos nuevas comisiones y mejoramos la comunicación. Fuimos a los barrios. Salimos nuevamente a la calle vinculándonos desde amor y el respeto. Nos organizamos desde abajo y a la izquierda, con el deseo profundo de cambiar la realidad, demostrando que es posible y necesario vivir de otra manera.

Desde el año pasado y en la búsqueda para organizar una política autónoma que trascienda el espacio cultural, nos solidarizamos con la asamblea de los vecinos y las vecinas sin techo del Barrio Pueyrredón. Acompañamos la recuperación de las viviendas que habían sido abandonadas, colaboramos con talleres y festivales, adherimos a su lucha como si fuera propia y tuvimos también, que curarnos los golpes y las heridas después de la brutal represión que lanzó la policía sobre quienes éramos parte de esta experiencia. Recibimos en nuestra casa, la casa del pueblo, a las familias que habían sido desalojados de las viviendas recuperadas. Compartimos el dolor, la bronca y la injusticia. A pesar de las incomodidades y las dificultades, nos dimos ánimo. Discutimos con fervor revolucionario. Seguimos dialogando y organizándonos. Seguimos creciendo.

Desde que abrimos las puertas por primera vez para iniciar el proyecto del América, se acercaron personas con ganas de ayudar y ser parte de esta experiencia. Gente que nos acerca su apoyo y compromiso buscando mostrar desde la práctica que otra cultura es posible. Al calor de esta multiplicación horizontal, recibimos también a personas que argumentaban la necesidad de un lugar para pasar los días y las noches. Tuvimos que intercambiar historias de vida y opiniones en asamblea y tratar cada caso en particular sin más herramientas que las buenas intenciones de ayudar.

Nuestro edificio no es adecuado para vivir: no hay camas ni duchas (el América está organizado para funcionar como lo que es un centro cultural). De todas maneras, ante la gravedad de las circunstancias, a pocas semanas de empezar el funcionamiento, le dimos lugar para dormir a una señora mayor que había quedado con sus bolsos en la calle, tras el cierre del hogar de ancianos en donde vivía. No había familiar que respondiera por ella. Tampoco podía subir escaleras y durmió por tres noches en el sillón que tenemos en el hall de entrada. Le ofrecimos comida y escuchamos sus angustias. La contuvimos como pudimos. Hablamos con asistentes sociales y finalmente, después de ir a varias oficinas estatales, logramos que una ambulancia la viniera a buscar. No supimos nada más de la vida en soledad de esa señora.

También nos pidió ayuda una mujer joven con tres nenes que huía de su marido tras reiterados actos de violencia física. Le explicamos lo que decimos siempre, que este es un centro cultural, que no tenemos lugar ni instalaciones para vivir. También la ayudamos a buscar auxilio para lograr escapar de una vida en la que decididamente no quería estar más.

En el 2008 conocimos a Sebastián que era un chico de menos de veinte años que vivía en la calle. Tocaba la guitarra y compartió en el Centro Cultural jornadas de refacciones y limpieza. Tenía serios problemas de adicción a las drogas. Fue así que bajo efecto del Poxirrán, generó reiteradas situaciones indeseadas que afectaban nuestro funcionamiento. Se iba, pero pasado el tiempo volvía pidiendo disculpas por sus actos fuera de control. Otra vez lo aceptábamos concientes que lo que Sebastián necesitaba era apoyo y contención. Hablamos con personal vinculado a la salud y le conseguimos un lugar estatal para hacer rehabilitación. Años en la calle y violencia social, le imposibilitaron cumplir con su palabra. Seba se fue y tampoco sabemos qué tan mal lo sigue tratando la vida.

A fin de ese mismo año, llegó a la Casa del pueblo el Tucumano. También pibe de la calle, hacía artesanías y autos de juguetes con material descartable. Estaba encantado con el lugar y ayudó a arreglar paredes porque de chico había trabajado en obras como ayudante de albañil. Pasó una navidad en Mar del Plata y cenó el 24 en el Centro Cultural después de haber estado esa misma noche haciendo malabares en un semáforo del centro. Según palabras de él, se sentía feliz de “pasar una navidad en familia”. Sus adicciones y su vida al desamparo, lo llevaron a no respetar los acuerdos de convivencia y también tuvo que irse.

Además de profesionales, estudiantes, comunicadores y comunicadoras, docentes y artistas que se suman a este proyecto, pasan por la Casa del Pueblo, decenas de mochileros, artesanos y artesanas buscando un lugar donde dormir. Les decimos con dolor, siempre lo mismo: “Este es un Centro Cultural. No tenemos lugar para dormir. No los podemos ayudar”.

Vivimos es una sociedad en donde pocas personas concentran, a través de sus negociados, los bienes y recursos disponibles para la vida de toda la sociedad. Transitamos una etapa histórica donde la brecha entre riqueza y pobreza se amplió a magnitudes insoportables y sufrimos las consecuencias en carne propia. Quienes sostenemos en forma autónoma este centro cultural, sabemos que en Mar del Plata hay miles de personas que no tienen un hogar. Lo sabemos, no sólo por leer las noticias y ver los cuestionados datos demográficos del Indec, lo sabemos porque le ponemos el cuerpo a esta realidad cotidianamente. Porque compartimos las angustias de las personas que no tienen una vivienda digna. Porque finalmente quienes hacemos el América también somos personas sin hogar.

El año pasado nos encontramos con las familias del Barrio Pueyrredón que vivían desde hace años, con serios problemas habitacionales: casas chicas para mucha gente, viviendas destruidas, ambientes sin las comodidades mínimas, construcciones precarias que se inundaban, casas que no eran casas. Brindamos nuestro apoyo con la certeza de que nuestro proyecto no termina en un Centro cultural. Apoyamos la lucha y la hicimos propia. Porque hemos tomado el compromiso de evidenciar lo evidente y de transformar lo transformable: no es justo que haya casas sin gente y gente sin casas.

Durante tres meses y en articulación con una red de apoyo solidaria, las casas que habían estado abandonadas a medio terminar, fueron arregladas con materiales de construcción y dedicación artesanal. Fueron tres meses inolvidables de creación genuina y organización colectiva. Pero una vez más los funcionarios estatales, tuvieron como respuesta a una demanda social elemental, el uso de la violencia. No nos propusieron alternativas de ningún tipo. No existieron ofrecimientos de viviendas a pesar de los que algunos medios empresariales como La Capital hayan dicho para justificar la barbarie, sosteniendo así el negociado inmobiliario que se abrió con el traslado de la Villa de Paso. Sólo existió un papel sin sellos ni firmas, ofreciendo terrenos a entregar sin plazo alguno, como si se pudiera vivir sin techo por más de un día. Nadie se hizo responsable de la burla.

El último 17 de abril pudimos ver a la Fical Graciela Trill firmar la orden de desalojo y huir custodiada hasta un patrullero que la sacó “limpia” de la casería que montaron tratando de desarticular una red social en crecimiento. Notamos la ausencia física en el lugar del hecho del poder político y el abandono de las garantías acordadas por el juez de la causa. A la frase “por sobre todas las cosas va a primar el diálogo” que había dicho días antes el Jefe departamental Osvaldo Norberto Castelli, se la llevó el viento junto con otros discursos oficiales. Fuimos víctimas de maltratos y abusos. Avanzaron con palos y escudos sobre a los cuerpos de hombres y mujeres desarmados que pedían a gritos no dejar a 130 menores en la calle. No les importó nada. Nos pisaron con caballos, nos ahogaron con gases lacrimógenos, nos incomunicaron, nos subieron a las cabinas oscuras de los camiones policiales, nos pegaron en la cara, en la espalda, en las manos, en las piernas y como si fuésemos delincuentes, nos encerraron junto a nuestro abogado y a periodistas de medio locales, en la comisaría cuarta de Mar del Plata.

Ese mismo día recibimos en el América a las familias y a los compañeros y compañeras de la asamblea de Los Sin techo y nos vimos llorar como nunca antes. Pero el pueblo marplatense se hizo presente de inmediato para repudiar la injusticia y acompañar el proceso. Fue así que enseguida llegaron frazadas, galletitas, pan, colchones, pañales, gasas y remedios. Sonaron los teléfonos celulares ofreciendo más ayuda como muestra concreta del respaldo a esta lucha y a la confianza que supimos conseguir. Hicimos asambleas y estuvimos en la puerta de la comisaría exigiendo la libertad de los 23 detenidos. Fue sólo suerte que no quedaron víctimas fatales.

La violencia no nos detuvo y al día siguiente, salimos a la calle una vez más. Durante ese mismo mes, hicimos “Señalamientos” llenos de flechas, cartulinas, aerosoles y afiches de colores a modo de escraches, para que todo el mundo sepa los nombres de las personas que apañaron y ejecutaron esta medida inhumana. Llegaron en adhesión a nuestra lucha, miles de mails de otros lugares de Argentina y de América. Organizamos festivales, volanteadas y una toma por seis horas en la municipalidad donde logramos iniciar negociaciones con funcionarios municipales. Después de casi dos meses, se consiguieron finalmente las tierras y los materiales para la autoconstrucción de las casas de las 54 familias. Reafirmamos así la convicción de que la lucha es justa y que por eso la seguimos. Vamos a seguir además buscando la verdad. Queremos saber qué pasó con la plata que nunca llegó para terminar las viviendas del plan dignidad que habían dejado por meses abandonadas. Queremos que los corruptos y los represores vayan a la cárcel y dejen de administra fondos públicos. Queremos viviendas para la gente que no puede acceder a alquileres disparatados y mucho menos a créditos accesibles sólo para quienes no están en la calle.
De los vecinos y vecinas del Barrio Pueyrredón aprendimos mucho. Nos enseñaron que en condiciones muy desfavorables es posible también luchar. Nos mostraron que la dignidad se la consigue en el mismo camino de la búsqueda.

Hace unos días mientras empezábamos a proyectar los festejos por nuestro tercer aniversario, conocimos al Colo, “otro amigo de la calle” que se había ido de la casa a los ocho años tras situaciones de violencia machista. Él se acercó al taller de percusión y mostró su gratitud y comodidad con este espacio desde el primer momento. Como Sebastián, estuvo pintando y limpiando. Con los tambores sonando tomó mates y compartió charlas y experiencias. Pero una mañana de domingo, llegó con un bolso con materiales de relativo valor, diciendo que tenía un regalo para el Centro Cultural que se había encontrado tirado en la calle. No le creímos, pero insistió. Más tarde comprobamos que eran cosas que le pertenecían a una persona de un puesto de la feria de pulgas que se instada los fines de semana en la Plaza Rocha. Devolvimos a su dueño los adornos, el reloj de madera antiguo y el juego de Te de porcelana que nos habían llegado como regalos, pedimos disculpas en nombre del América y le dijimos al Colo que se vaya. La situación fue difícil y pasó todo muy rápido. Finalmente el Colo también se disculpó, agarró sus pocas cosas y se fue en buenos términos. En la asamblea posterior resolvimos que podrá volver pero sólo bajo nuevos acuerdos y el necesario respeto a las decisiones colectivas.

¿Alguien sabe dónde está el Colo ahora? ¿Y la señora mayor despojada del asilo de ancianos? ¿Qué estarán haciendo Sebastián y el Tucumano? ¿Qué será de la vida de esa mujer maltratada que recurrió al América para pedir auxilio de las manos de su marido abusador? ¿En qué esquina, en qué barrio de qué ciudad estarán ahora todos los chicos y chicas que viven en la calle? ¿Cómo ayudar a tanta gente? ¿Viviremos algún día en un mundo donde haya un hogar digno para todas las personas? ¿Nos corresponde a quienes construimos a diario el América Libre resolver la situación habitacional de la población? ¿Podremos generar un cambio social desde otra cultura, otra comunicación, otros valores, otra política? ¿Lograremos producir un cambio profundo en nuestra sociedad como nos propusimos cuando soñábamos con la existencia de este proyecto hace más de tres años?

Sin dudas, que en el Centro Cultural América Libre, hay más preguntas que respuestas. No tenemos un trayecto con indicaciones hacia el horizonte. Vamos haciendo el camino al tiempo de nuestros pasos, que son lentos pero que no tienen pausa. Así nos preguntamos y respondemos mientras dejamos huellas que atestiguan nuestro andar. Criticamos y construimos, con la convicción que los verdaderos cambios, los revolucionarios, son sólo posibles desde el compromiso, el trabajo colectivo y el amor a la vida. Ese amor que nos da sentido a nuestra existencia. Es el anhelo de la libertad que buscamos y vamos encontrando haciendo camino al andar.

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