Las luchas estudiantiles desde una visión docente

Desde que estoy en el sistema educativo recuerdo la presencia constante de diversas luchas. Como estudiante viví días sin clases por paros docentes, participé de la carpa blanca que el sindicato plantó frente a la casa de gobierno en épocas menemistas,  marché en contra de la implementación de las nuevas leyes de educación y participé de tomas para evitar los recortes del presupuesto educativo. Como profesora de educación media aposté también, a los paros docentes y del personal auxiliar  por mejoras salariales ya que considero que es la única medida real y efectiva hasta el momento, para lograr acercarnos a un sueldo digno. Es decir, perder días de clase no es bueno para nadie, pero si no fuera por las huelgas y nuestras históricas jornadas de lucha, lamentablemente cobraríamos menos que migajas.

Este año empezamos las clases con conflictos serios con el gobierno municipal, provincial y nacional. Acatamos todos los paros que se llamaron de los distintos sindicatos, pero sólo conseguimos un aumento escalonado del 22% (a pagar en cuotas) que sigue estando por debajo de la inflación. Es decir que, trabajando lo mismo cobramos menos. Se nos impuso una conciliación obligatoria y se nos “aumentó” el sueldo por decreto. Mientras tanto, perdimos días de clase por feriados, paros de auxiliares y amenazas climáticas y seguimos yendo a trabajar con cada vez menos esperanzas de enseñar como alguna vez soñamos que lo íbamos a hacer cuando éramos estudiantes y veíamos en la práctica docente la posibilidad de aportar a un cambio de la realidad.

Las dificultades y las trabas que nos impiden lograr nuestras planificaciones vienen por varios frentes: puede ser el frío, puede ser la violencia entre pares, pueden ser las absurdas leyes que en nombre de la seguridad no permiten hacer casi nada más que hablar, puede ser la burocracia o el desgano. La realidad es que cada vez se hace más difícil el trabajo en el aula.

Antes de que termine nuestra prohibición de huelga, fueron los y las estudiantes quienes dijeron BASTA. De a poco y por goteo, nos fue llegando información de que algunos colegios de la ciudad estaban tomados por estudiantes y que lo que querían (se decía) eran mejoras en los edificios. Eso es fácil de comprobar y entender porque hay hechos concretos: escuelas con el techo todavía agujerados por el granizo, cursos con los cables pelados a la vista, paredes con grietas profundas, falta de puertas y ventanas, y también como si fuera obvio, falta de pintura y calefacción. En las escuelas de la periferia (esas en donde sólo llega un micro de línea y tarda más de 45 minutos) también faltan útiles, sillas en condiciones y bancos. En los establecimientos educativos son comunes los baños clausurados y las pérdidas de caños de agua o cloacas. Mugre, basura y falta de espacio verdes, abundan casi siempre.

También hay escuelas en donde las condiciones edilicias están relativamente garantizadas. Son en su mayoría privadas o escuelas del Estado en donde la cooperadora funciona como para sostener el edificio en condiciones dignas. Es decir, se mantiene o se arregla la escuela con fondos que salen de cuotas, rifas, fiestas, aportes voluntarios, subsidios o donaciones.

Más allá de la calidad de los establecimientos, que van desde colegios tipo shoppings en donde todo parece funcionar, hasta otros que parecen cárceles para menores en mal estado, lo que es seguro es que en todas las escuelas se respira CRISIS. En todas tenemos estudiantes con familias realmente violentas o ausentes, problemas graves de alimentación, concentración y adicciones, casos de acoso o bulling, falta de formación docente, desinterés por los temas y dificultades para cumplir con los amplios programas curriculares de las materias. Cada vez hay más estudiantes en las mesas de diciembre y febrero para rendir lo que no aprendieron durante el año y cada vez es mayor la repitencia y el abandono escolar. ¿A dónde van los chicos y chicas que dejan la escuela con menos de 18 años? es una pregunta que nunca debemos dejarnos de hacer.

No estoy tratando de buscar responsables, porque si bien los hay, no resuelve del todo el problema identificarlos (cada uno y cada una sabemos de nuestra porción de implicancia en este caso). Si creo que quienes estamos a cargo de adolescentes vivimos con la presión de formar el futuro por un lado, pero de “parar la olla y el malón” al mismo tiempo por el otro. Se pretende que hagamos milagros, pero se nos paga como si no hiciéramos nada más que ir a un puesto de trabajo a firmar el presente.

Cabe mencionar que quienes estamos al frente de un curso tenemos que: explicar y trasmitir conocimientos en un determinado orden y tiempo curricular, llenar el libro de temas, pedir orden y silencio (varias veces), hacer trabajos prácticos, guías o dar algunas consignas como para que haya tarea en las carpetas (directivos/as o inspectores suelen pedirlas para corroborar el trabajo en clase), hacer un seguimiento con notas para poder calificar a fin de trimestre, comunicar el rendimiento de los y las estudiantes por cuaderno de comunicaciones, hablar personalmente con estudiantes que estén pasando por un mal momento personal, ver videos o películas que tengan relación con la materia para despertar el interés, promover el buen trato, el diálogo y los buenos valores, corregir tareas en nuestras casas y hacer reuniones con preceptores, docentes y directivos para mejorar nuestra labor y muchas cosas más, como entregar planillas de incompatibilidad, salario, proyectos, etc.

Trabajando 14 horas semanales frente a curso se gana alrededor de 4 mil pesos, pero en Mar del Plata no se consiguen alquileres dignos por menos de 1500. Pagando la comida, el transporte y los impuestos nos gastamos el resto. Como los docentes somos personas que además queremos viajar, comprarnos libros, ropa y pagar alguna salida, en general nos vemos en la obligación de trabajar más. Cuanto más horas de trabajo se tengan, peor suele ser el rendimiento laboral y si el rendimiento laboral se mantiene, lo que se perjudica es la salud del docente. Cada día hay más carpetas médicas de maestras, profesores y profesoras que por enfermedad, están con licencia. Las dolencias son variadas: angustia, insomnio, dolores de cabeza, afonía o disfonía, conjuntivitis, afecciones respiratorias y un largo etcétera productos en su mayoría del stress y de la alienación laboral que queremos revertir pero que pareciera que no sabemos cómo.


Estudiantes en lucha

Todavía me emociono cada vez que reconozco grupos de estudiantes con ganas de cambiar el mundo. Lo bueno es que, con mayor o menor grado de organización, siempre encuentro.

Actualmente trabajo en 6 escuelas: una privada, una cooperativa, una nocturna, dos de la periferia (de las cuales una es rural) y en el Bachillerato Popular América Libre. Ninguna hasta el momento está tomada ni hubo protestas organizadas por parte de los estudiantes. De las tomas me fui enterando por las radios locales, los comentarios de colegas que sí trabajan en escuelas tomadas y por haber ido junto con compañeros y compañeras del Bachillerato Popular a visitar una escuela en toma y el consejo escolar del distrito de General Pueyrredón que también está siendo pacíficamente ocupado.

Mi opinión es que siempre es bueno que la gente se encuentre y comparta sus problemas y analice las posibles soluciones. Me parece que en las escuelas no hay suficiente lugar para el diálogo y que los y las adolescentes se junten y tomen medidas para poner un freno a los atropellos del sistema educativo me parece, en primera instancia, perfecto.

También creo que no se les puede pedir ni exigir más de lo que están haciendo. La única manera de enseñarles a luchar es con el ejemplo. Me parece que si en esta lucha como en tantas, no hay objetivos claros es porque recién los están buscando y porque como adultos no los tenemos tampoco explicitados. Si la lucha es desorganizada es porque no hay aún práctica concreta de organización de base. Si la lucha no está bien difundida es porque todavía no hay los suficientes canales de comunicación abiertos y democráticos. Si lo que se ve parece “más circo que lucha” es porque la juventud también tiene derecho a divertirse. Si lo que molesta es la participación de personas adultas con claras ideas políticas y la pretensión de imponerlas, es que no estamos pudiendo confiar en el pensamiento libre y crítico del movimiento estudiantil organizado. Si lo que se ve es falta de ganas de estudiar, también hay que ver la falta de ganas de enseñar. Si lo que vemos es gente joven con ganas de crecer en rebeldía haciendo sus propios caminos de búsqueda de una sociedad mejor, entonces difundamos la lucha, acompañemos los reclamos, escuchemos sus demandas, respetemos sus métodos y tengamos paciencia. Como decía Benedetti: lento viene el futuro, lento pero viene. Docentes luchando también estamos enseñando.

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